Nuestro compañero, Pablo González, ya está de vuelta de Finlandia

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Dentro del proyecto Erasmus + que estamos desarrollando en el centro, la pasada semana tuve la suerte de poder conocer las entrañas de un Sistema Educativo diferente al nuestro, el finlandés.

Finlandia ocupa uno de los primeros puestos en el ranking mundial en cuanto a resultados académicos. Hace cuarenta años realizó una fuerte apuesta económica por y para la Educación. Además, decidió unificar criterios en las diez Universidades que formarían a los futuros profesores.

Es difícil obtener conclusiones que nos arrojen algo de luz acerca de los entresijos que mejoran los resultados de un sistema educativo. Aspectos diferentes y, claramente, observables como la metodología, los recursos, la autonomía, la centralización, los presupuestos, la legislación, la inspección y muchos más podrían ser la causa de la diferencia en cuanto a la obtención de mejores resultados, pero, aun con la suma de todo eso, hay algo más: es una cuestión cultural y social.

Si tuviera que dar un consejo rápido a un colega, compañero de profesión; si tuviera que concretar en algo que no costara dinero -no estructural, ni institucional- diría que el uso continuo del “positive feedback”, que podamos verter sobre nuestros alumnos, es lo que obtendrá mejores resultados. Esta es, sin duda, la mejor herramienta de la que disponemos los docentes y sin ella, dejaríamos a nuestros alumnos en la mitad del camino que son capaces de recorrer.

Estos días leyendo a fondo sobre diversos sistemas educativos, países que mejoran, que empeoran, que invierten más o menos… me ha sobrecogido la idea de que no es fácil sacar una conclusión. Lo más parecido a unas esclarecedoras deducciones que podríamos obtener es que mezclando trabajo, esfuerzo, constancia, perseverancia, juego, felicidad, imaginación y una amplia amalgama de buenas intenciones mezcladas con inquietudes, paciencia, bondad y, sobre todo, corazón, podríamos conseguir un alto rendimiento y óptimos resultados, casi siempre.

Después nos inventamos una palabra, como hicieron los finlandeses, para definir todo ello y, de este modo, abreviamos. La suya es sisu. La utilizan para referirse al esfuerzo que uno hace en situaciones difíciles, para conseguir buenos resultados en algo, es decir, “determinación ante la adversidad”. Similar es ganbaru, palabra que utilizan los japoneses, que también poseen un estupendo nivel educativo, para “comprometerse plenamente con una tarea y llevarla a su fin”.

Creo que los países que utilizan un término concreta para apoyarse en él y tenerlo siempre en mente van por el buen camino. Si hay que buscar una palabra que nos inspire, nos de ánimo para trabajar, fuerza para motivar y anhelo de superación, la buscamos… Y, además, le sumamos nuestra cultura, nuestra esencia. Le incorporamos, a su vez, las connotaciones positivas de muchas otras palabras que tanto nos han aportado y, finalmente, le añadimos humildad. ¿Cuánta humildad? La suficiente como para no dejar de mirar a nuestros vecinos y a nosotros mismos. Si los finlandeses tienen sisu y los japoneses ganbaru, nosotros tenemos eladio.

Los éxitos académicos, los deportivos, los pequeños retos -que cada uno supera en base a su listón-, las enormes alegrías -que nos llevamos fruto de nuestro trabajo bien hecho- y un largo etcétera son porque tenemos sisu, ganbaru y , sobre todo, mucho eladio.

Pablo González Ortiz