Relato Corto Europa

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Fallo del jurado del II Concurso Literario “Relato Corto Europa”. 

Los ganadores han sido:

-1º-2º de ESO: Cortés Sofía Jiménez Sevilla de 2ºESO-C con el relato titulado “Plinio y el crimen del francés”

-3º-4º de ESO: Rubén García Villoldo de 3ºESO-C con “Un hogar en silencio”.

-1º y 2º Bachillerato: DESIERTO

Puedes leerlos pinchando en el título de los relatos.

¡Enhorabuena a los premiados!

FINALISTA 1º Y 2º ESO

TÍTULO: Plinio y el crimen del francés

Cortés Sofía Jiménez Sevilla 2ºESO-C

Era el 26 de agosto, a las 16:00h de la tarde, se celebraban las ferias y fiestas en Tomelloso y Plinio, el oficial de policía de la localidad, estaba de vacaciones. Se encontraba en su porche, debajo de una parra a la sombra porque a esas horas en un pueblo manchego hace mucho calor. Con una camiseta de tirantes un poco amarillenta y un pantalón corto, una ropa poco habitual para él, pues siempre portaba su uniforme azul marino con botones dorados y su gorra de policía.

Se disponía Plinio a echarse la siesta cuando alguien, con gran prisa e insistencia, golpeó fuertemente la aldaba de la puerta. Doña Paquita, la mujer de nuestro oficial de policía, que se había quedado traspuesta en la tumbona, dio un respingo, atusándose un poco el pelo y limpiándose la baba de la comisura de los labios, fue a abrir. Tras la puerta se encontraba Don Lotario, amigo de Plinio, de oficio veterinario, que ayudaba al policía a resolver los casos de asesinato más enrevesados.

Don Lotario estaba sudoroso, no solo porque llevaba puesto su sombrero y pantalón de paño de color oscuro y levita larga, sino porque venía a toda prisa para contarle a su amigo lo sucedido en la cueva de Doña Manolita.

Doña Paquita hizo pasar al veterinario hasta el porche, para que se serenara y le ofreció agua fresca del botijo. Una vez este se había refrescado, le relató al matrimonio, con voz aún acelerada, que habían encontrado muerto a “El Gabacho”, un señor francés que había venido al pueblo a buscar fortuna, hacía ya dos años, pero andaba de taberna en taberna. Vivía en la cueva de Doña Manolita “la churrera de la plaza”, porque allí, en la cueva, hacía frío en verano y calor en invierno. A cambio el francés le ayudaba a la churrera a traer leña para hacer los churros. 

-Parece ser que ha sido un ajuste de cuentas- continuó Don Lotario relatando.

        -¡Pues muy bien-! dijo Plinio- ¡Paquita, tráeme mi uniforme que vamos a inspeccionar el lugar del asesinato!

Los dos amigos, salieron de la casa, se liaron un cigarrillo y se dirigieron hacia la cueva. Como hacía mucho calor la sombra alargada de Plinio y Don Lotario se dibujaban en las aceras.

Una vez en la escena del crimen, toda la gente que había allí mirando, se apartó para que el oficial pudiera hacer su trabajo, pues sabían de su olfato detectivesco. Junto al cadáver había una carta de una baraja de póker, era el as de corazones y en el suelo de la cueva, que era de tierra rojiza, estaban dibujadas unas huellas que no eran del fallecido, pues los zapatos de este estaban limpios. El francés había muerto de un disparo y parecía que el motivo era una deuda de juego.

Mientras Plinio inspeccionaba el cadáver, el veterinario sacó una libreta de cuadros un tanto desgastada, un lápiz mordisqueado y empezó a preguntar a los presentes si habían visto u oído algo extraño. Doña Manolita les dijo que hacía dos días había venido un amigo suyo de París y parecía que le reclamaba dinero, pero como ella no aprendió francés en el colegio pues no sabía muy bien lo que hablaban.

-¡Pues ya está, Don Lotario! – dijo Plinio – ¡Nos vamos a París, a resolver el caso!

-Pero, señor – aclaró el veterinario- no tengo el pasaporte en regla.

– ¡No diga tonterías, amigo! – exclamó Plinio poniéndole la mano en el hombro – ¿No sabe usted, que somos europeos y podemos viajar a Francia sin pasaporte? Solo necesita usted el DNI porque pertenecemos al Espacio Schengen y podemos transitar libremente por él.

– ¡Qué maravilla, esto de ser europeos! ¡Qué listo es usted! – dijo Don Lotario- Pues lo voy a preparar todo para salir cuanto antes hacia el país vecino.

Así, Don Lotario preparó en un lío de papel un poco de queso manchego en aceite y en otro ato distinto, echó las maquinillas de afeitar y los DNI.

A la mañana siguiente, cogieron el coche de línea que los llevó a Madrid. Unos asientos más delante en el autobús, viajaba también un señor no muy alto, moreno y cejijunto. No parecía español y tenía las suelas de las botas manchadas con una especie de tierra rojiza que coincidía con la tierra de la cueva de Doña Manolita. Plinio se acercó a él con la excusa de ofrecerle un cigarro y el caballero le respondió con un “¡no, mercy beaucou!”. Entonces, Plinio se dio cuenta de que estaban frente al asesino y no lo podían dejar escapar.

Desde la estación de autobuses de Madrid compartieron taxi con el supuesto criminal que los llevó hacia el aeropuerto, y, de ahí, volaron hacia el país galo.

Una vez en Francia, el sospecho se fue en un taxi y los manchegos, en otro. Como pudieron en un francés un poco chapucero, le dijeron al taxista franchute que siguiera al otro “voiture” de allí. Este los llevó por el Arco del Triunfo, los Campos Elíseos hasta llegar a las orillas del río Sena donde el asesino se detuvo en una cafetería, sitios que, por lo visto, son famosos en Francia. Pidieron un café “au lait” (“café olé” dijo Don Lotario que se llamaba) y allí sacaron el lío de queso en aceite. Este acto hizo que el sospechoso se acercara a probar, aprovechando que estaban intimando gracias al manjar manchego, Plinio le dijo que si tenía cartas para jugar una partida al póker. El gabacho sacó sus cartas y.…. Efectivamente faltaba el as de corazones.

Entonces Plinio, aviso por señas a un gendarme francés, le explicó, como pudo, el crimen cometido, le relato la pista de las botas manchadas de tierra y la carta hallada junto al cadáver y el policía galo detuvo al asesino, mientras este decía algo que nuestros detectives no entendieron muy bien, pero no parecía ser muy amable.

Con la tarea hecha, nuestros heróes continuaron tomando un “cafe olé” y queso manchego junto a la orilla de río del Sena.

FINALISTA 3º-4º ESO: Rubén Jiménez Villoldo 3ºESO-C

FINALISTA 3º Y 4º ESO

TÍTULO: Un hogar en silencio

Rubén García Villoldo 3ºESO-C

Lo último que recuerdo es el miedo. Me encontraba muerto de miedo. Solo, completamente solo, frente a un cuerpo sin vida: mi padre. Las luces rojas y azules iluminaban la fachada de casa mientras que las gotas de lluvia resbalaban junto a mis lágrimas por mis mejillas. Busqué una mirada de cariño por parte de mi madre, pero solo encontré a una joven, alta y desnutrida, casi desconocida, hablando con unos hombres vestidos de uniforme. 

Se empezaban a acercar vecinos cuya curiosidad se transformaba en vergüenza pura cuando se daban cuenta de lo ocurrido. Algunos incluso me intentaban consolar, pero ni los escuché. Estaba demasiado ocupado devolviéndoles la mirada a los ojos sin vida de mi padre e intentando responder una sola pregunta: ¿Por qué?

Dos años después me sigo haciendo la misma pregunta. Supongo que hay cosas que nunca cambian, ¿verdad?

Por cierto, me llamo Adler y, a día de hoy, vivo encerrado en el piso que nos dejó mi padre. Supongo que puedo salir, pero mi madre dice que fuera solo me esperan desgracias, que deje los sueños tontos atrás y que confíe en ella sin dudar. Al fin y al cabo, mi madre nunca fue una mujer muy divertida, pero al menos me alimenta y, por descontado, la quiero mucho. Es lo que tienen los lazos de sangre, son capaces de darte poderes como, por ejemplo, ignorar las decenas de botecitos misteriosos que hay en el baño para coger directamente la pasta de dientes. Total, todo el mundo tiene veinte o treinta botecitos como esos en casa, o, al menos, eso me ha contado mi madre.

Vivir con ella es genial. Siempre lo ha sido. Cada mañana me levanto temprano. El piso siempre está sumido en un sepulcral silencio. Me encanta mirar por mi ventana porque puedo ver el símbolo de nuestra nación: La puerta de Brandeburgo. Está muy lejos, en la Plaza París y me gusta pensar que, a pesar de ser tan grande, yo puedo verla como si fuera insignificante. Me recuerda un poco a mí. Siguiendo con mi rutina, desayuno solo y enciendo la tele del salón. Únicamente tiene cuatro canales así que apenas la veo. Pero la enciendo para que haya algo de ruido. Después de ocuparme de distintas tareas del hogar, mi madre llega del trabajo. Todas las tardes nos sentamos en el sofá y ella me cuenta algo nuevo de Berlín que yo no sabía (hace un par de semanas me enteré de que en la cúpula del edificio del Reichstag hay un café con unas vistas preciosas). Incluso puedo hacer una pregunta. Cualquier pregunta. Bueno, hay algunas preguntas que están prohibidas (¿cuál es tu trabajo?, ¿puedo salir?, ¿qué le pasó a papá?). No sé por qué, pero siempre lo han estado. Exceptuando este tipo de preguntas, puedo hacer la que yo quiera. Increíble, ¿eh? Como ya he dicho antes, vivir con mi madre es genial.

Por desgracia, últimamente está cambiando la rutina. Ahora mi madre llega a casa acompañada de un hombre alto, fuerte, calvo y vestido de traje. En lugar de sentarme con mi madre, ella me ordena ir a mi habitación y no salir hasta el día siguiente. A la mañana siguiente ese hombre se ha ido, mi madre también y en el piso reina un fantasmal silencio una vez más. Desayuno, limpio, ordeno la casa, mi madre llega un día más con ese hombre y vuelvo a verme obligado a encerrarme en mi cuarto. ¡Mi madre ni siquiera me deja preguntar nada! No sé cuánto más podré aguantar.

Esta noche la curiosidad me mata. ¿Qué hacen toda la noche? ¿Por qué no puedo ir con ellos? ¿Estarán acaso en el piso? Odio el silencio. No lo soporto. Que alguien haga ruido porque yo temo hacerlo. Van pasando las horas. ¿He dicho ya que odio el silencio? A partir de ahora sí, definitivamente. No lo soporto más. Me levanto de la cama y camino de puntillas, abro la puerta y un agudo chirrido resuena por el pasillo. Me dirijo al salón. Allí hay una luz. Sé que no debo. Mejor volver al cuarto, con el silencio, con la oscuridad, con la soledad… Sin siquiera pensarlo, abro la puerta.

Fotos, fotos y más fotos, fotos e informes. Todo sobre mi padre. No entiendo nada. Las pastillas de mi madre en la mesa. Ahora que lo pienso, nunca me he preguntado qué eran. Miro a mi madre, dolido y consciente de lo ignorante que soy. Ella está llorando. Antes de que se me nuble la vista consigo volver a cuestionarme la misma pregunta: ¿Por qué? Un golpe seco, otro más y un último, contra el suelo supongo. ¿Por qué? Siempre la misma pregunta. Supongo que hay cosas que nunca cambian.

Esta mañana me he levantado. El piso estaba en silencio. Me encanta el silencio, no sé si lo había comentado. Me he preparado el desayuno y, al entrar al salón, me ha sorprendido ver a mi madre esperándome. Sonriente, más que nunca. Me ha dado un abrazo y al poco tiempo se ha oído un claxon. A mi madre la han ascendido y ahora tiene más tiempo libre e incluso un chófer. Me suena mucho. Es calvo y parece fuerte, ni idea, quizás me confunda. Antes de que mi madre se fuera me he fijado en un detalle. Había un poco de sangre en el pomo de la puerta. Mi madre me ha dicho que no era nada y lo ha limpiado. Me fio de ella. Al fin y al cabo, ¿qué le importa un poco de sangre a un crío de ocho años? Prefiero despreocuparme y disfrutar del silencio, adorado silencio, y de mi madre, cuando ella llegue al igual que siempre. Ella y yo; yo y ella.

Hay cosas que nunca cambian, ¿no?

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